No parece que la capacidad de crear o de vivir los mitos haya sido reemplazada por la de exponerlos […] ¿de qué proviene la impresión y el poder de los mitos sobre la sensibilidad? ¿A qué necesidades afectivas responden? ¿Qué satisfacciones tiene la misión de aportar? Pues al fin y al cabo, tiempo hubo en que sociedades enteras creían en ellos y los actualizaban con ritos, y ahora, que están muertos, no cesan de proyectar su sombra sobre la imaginación del hombre y de suscitar en ella ciertas exaltaciones […]
El individuo sufre, ante todo, de no salir jamás del conflicto en que se halla preso. Toda solución, aún violenta, aún peligrosa, se le antoja deseable; pero las prohibiciones sociales se la hacen imposible, más aún psicológica que físicamente. En vista de ello, delega en su lugar al héroe, y éste, por naturaleza es así el que viola las prohibiciones. Humano, sería culpable; y mítico, no deja de serlo: queda mancillado por su acto, y la purificación, si es necesaria, no es nunca completa. El héroe es, pues, el que resuelve el conflicto en que el individuo se debate; y de ahí su derecho superior, no tanto al crimen como a la culpabilidad, teniendo en cuenta que la función de esta culpabilidad ideal es halagar al individuo que la desea sin poder asumirla.
Pero el individuo no puede siempre contentarse con un halago, necesita el acto, es decir, que no sabría atenerse eternamente a una identificación virtual con el héroe, a una satisfacción ideal. Exige además la identificación real, la satisfacción de hecho. De ahí que el mito aparezca casi siempre acompañado de un rito, pues si la violación del mito es necesaria, sólo es posible en la atmósfera mítica y el rito introduce en ella al individuo.
Percíbese aquí la esencia misma de la fiesta: es un exceso permitido* mediante el cual el individuo se encuentra dramatizado y se convierte así en héroe; el rito realiza el mito y consiente vivirlo. Por eso se le encuentra con tanta frecuencia unidos; como que, en realidad, su unión es indisoluble, y su divorcio ha sido siempre la causa de su decadencia. Sin el rito, el mito pierde, si no su razón de ser, cuando menos lo mejor de su poder de exaltación: su capacidad de ser vivido. Sin él, es sólo literatura, como la mayor parte de la mitología griega en la época clásica, tal como los poetas nos la han transmitido, irremediablemente falsificada y normalizada. […]
Parece pues, que habrá que buscar en otra dirección la convenencia de la fabulación; en sus propiedades mismas, y más precisamente en el hecho de que la plurivocidad de la proyección mítica de un conflicto permite una multiplicidad de resonancias que al dejarle ejercer una influencia simultáneamente en diversos puntos, hace de el lo que a primera vista parece: una fuerza de apoderamiento de la sensibilidad.
[…] Todo ocurre, en efecto, como si ciertos objetos y ciertas imágenes beneficiasen, como resultado de una forma o de un contenido particularmente significativos, de una capacidad lírica más claramente marcada que de costumbre. […] Así, independientemente de todo mito y sin prejuzgarlos, es seguro que un insecto como la mantis religiosa presenta en alto grado esa capacidad objetiva de acción directa sobre la objetividad: su forma, hasta sus costumbres, en cuanto se conocen, todo parece concurrir a dicho resultado. Todo el mundo puede entregarse a una investigación personal en torno suyo: con dificultad se encontrará a una persona que no demuestre, de un modo u otro, cierto interés por este extraño animal. El hecho que debe retener la atención es el siguiente: una representación, una imagen, obran sobre cada individuo separadamente, secretamente, por así decirlo, permaneciendo cada uno de ellos en la ignorancia de las reacciones de su vecino. No es posible aducir ningún carácter simbólico acreditado que derive lo esencial de su significación, de su empleo social, y la mayor parte de su eficacia emocional, de su papel en la colectividad. Vale sin duda la pena detenerse a considerar esa acción elemental, espontánea, en el acto de impresionar directamente la atención del individuo sin el intermediario oficioso de la representación colectiva. El ejemplo de la mantis religiosa manifiesta un fenómeno muy modesto, pero relativamente corriente y que sería un error descuidar a causa de su aspecto fugaz. Pues el podría ayudarnos a representarnos lo que puede ser la mitología en su estado naciente, antes de que las determinaciones sociales hayan consolidado su estructura. […]
La mantis orquídea
M Bergson parece haber sido llevado a resultados análogos al estudiar a priori el origen de la función fabuladora. Para él, esta ocupa el lugar que ocupan los instintos en los insectos; la ficción no es posible sino para los seres inteligentes: las acciones son preformadas, según él, en la naturaleza del insecto; la función sólo lo es en el hombre. La ficción, por otra parte en este último; “cuando tienen eficacia, es como una alucinación naciente.” Las imágenes fantásticas surgen en el lugar del acto provocado. “Desempeñan un papel que habría podido ser atribuido al instinto y que lo sería sin duda en un ser desprovisto de inteligencia”. De un lado instinto real, del otro instinto virtual, dice M Bergson para diferenciar la condición del insecto operante y la del hombre mitologizante.
Desde este punto de vista, podrían definirse las costumbres de los mantídeos como un mito en acto: el tema de la hembra demoníaca devorando al hombre que ha seducido con sus caricias. Fantasma para el hombre, idea fija de delirio o motivo legendario, esta situación es para el insecto la forma misma de su destino.
R. Caillois, El mito y el hombre. Ed. Sur (1939)

*Éste carácter de la fiesta y del rito ha sido, desde hace tiempo, reconocido. Freud no hace sino reiterar una definición clásica cuando escribe: “Una fiesta es un exceso permitido, hasta ordenado, una violación solemne de una prohibición. No es porque se encuentren, en virtud de una prescripción, placenteramente dispuestos, por lo que los hombres cometen excesos: el exceso forma parte de la naturaleza misma de la fiesta.” Tótem y tabú. Actualmente, todos los movimientos que manifiestan caracteres mitológicos presentan una hipertrofia de esta función de fiesta o de rito: tales v.g., el movimiento hitleriano y el Klu-Klux-Klan, en que los ritos de castigo están claramente destinados a dar a los miembros “esa embriaguez breve que un hombre inferior no puede disimular cuando se siente por unos instantes poseedor de poderío y creador de miedo” cf. J.M. Mecklin, Le Klu-Klux-Klan. Por otra parte, está fuera de duda que la representación de un “invisible imperio que lo ve y oye todo” que ha servido de base a la acción y a la difusión del Klu-Klux-Klan, es netamente mitológico.
http://www.youtube.com/watch?v=A2U2kAapYvs&list=FLDrl9N6tjoY6Ra9hxabaDsg&index=2&feature=plpp_video

No parece que la capacidad de crear o de vivir los mitos haya sido reemplazada por la de exponerlos […] ¿de qué proviene la impresión y el poder de los mitos sobre la sensibilidad? ¿A qué necesidades afectivas responden? ¿Qué satisfacciones tiene la misión de aportar? Pues al fin y al cabo, tiempo hubo en que sociedades enteras creían en ellos y los actualizaban con ritos, y ahora, que están muertos, no cesan de proyectar su sombra sobre la imaginación del hombre y de suscitar en ella ciertas exaltaciones […]

El individuo sufre, ante todo, de no salir jamás del conflicto en que se halla preso. Toda solución, aún violenta, aún peligrosa, se le antoja deseable; pero las prohibiciones sociales se la hacen imposible, más aún psicológica que físicamente. En vista de ello, delega en su lugar al héroe, y éste, por naturaleza es así el que viola las prohibiciones. Humano, sería culpable; y mítico, no deja de serlo: queda mancillado por su acto, y la purificación, si es necesaria, no es nunca completa. El héroe es, pues, el que resuelve el conflicto en que el individuo se debate; y de ahí su derecho superior, no tanto al crimen como a la culpabilidad, teniendo en cuenta que la función de esta culpabilidad ideal es halagar al individuo que la desea sin poder asumirla.

Pero el individuo no puede siempre contentarse con un halago, necesita el acto, es decir, que no sabría atenerse eternamente a una identificación virtual con el héroe, a una satisfacción ideal. Exige además la identificación real, la satisfacción de hecho. De ahí que el mito aparezca casi siempre acompañado de un rito, pues si la violación del mito es necesaria, sólo es posible en la atmósfera mítica y el rito introduce en ella al individuo.

Percíbese aquí la esencia misma de la fiesta: es un exceso permitido* mediante el cual el individuo se encuentra dramatizado y se convierte así en héroe; el rito realiza el mito y consiente vivirlo. Por eso se le encuentra con tanta frecuencia unidos; como que, en realidad, su unión es indisoluble, y su divorcio ha sido siempre la causa de su decadencia. Sin el rito, el mito pierde, si no su razón de ser, cuando menos lo mejor de su poder de exaltación: su capacidad de ser vivido. Sin él, es sólo literatura, como la mayor parte de la mitología griega en la época clásica, tal como los poetas nos la han transmitido, irremediablemente falsificada y normalizada. […]

Parece pues, que habrá que buscar en otra dirección la convenencia de la fabulación; en sus propiedades mismas, y más precisamente en el hecho de que la plurivocidad de la proyección mítica de un conflicto permite una multiplicidad de resonancias que al dejarle ejercer una influencia simultáneamente en diversos puntos, hace de el lo que a primera vista parece: una fuerza de apoderamiento de la sensibilidad.

[…] Todo ocurre, en efecto, como si ciertos objetos y ciertas imágenes beneficiasen, como resultado de una forma o de un contenido particularmente significativos, de una capacidad lírica más claramente marcada que de costumbre. […] Así, independientemente de todo mito y sin prejuzgarlos, es seguro que un insecto como la mantis religiosa presenta en alto grado esa capacidad objetiva de acción directa sobre la objetividad: su forma, hasta sus costumbres, en cuanto se conocen, todo parece concurrir a dicho resultado. Todo el mundo puede entregarse a una investigación personal en torno suyo: con dificultad se encontrará a una persona que no demuestre, de un modo u otro, cierto interés por este extraño animal. El hecho que debe retener la atención es el siguiente: una representación, una imagen, obran sobre cada individuo separadamente, secretamente, por así decirlo, permaneciendo cada uno de ellos en la ignorancia de las reacciones de su vecino. No es posible aducir ningún carácter simbólico acreditado que derive lo esencial de su significación, de su empleo social, y la mayor parte de su eficacia emocional, de su papel en la colectividad. Vale sin duda la pena detenerse a considerar esa acción elemental, espontánea, en el acto de impresionar directamente la atención del individuo sin el intermediario oficioso de la representación colectiva. El ejemplo de la mantis religiosa manifiesta un fenómeno muy modesto, pero relativamente corriente y que sería un error descuidar a causa de su aspecto fugaz. Pues el podría ayudarnos a representarnos lo que puede ser la mitología en su estado naciente, antes de que las determinaciones sociales hayan consolidado su estructura. […]


La mantis orquídea

M Bergson parece haber sido llevado a resultados análogos al estudiar a priori el origen de la función fabuladora. Para él, esta ocupa el lugar que ocupan los instintos en los insectos; la ficción no es posible sino para los seres inteligentes: las acciones son preformadas, según él, en la naturaleza del insecto; la función sólo lo es en el hombre. La ficción, por otra parte en este último; “cuando tienen eficacia, es como una alucinación naciente.” Las imágenes fantásticas surgen en el lugar del acto provocado. “Desempeñan un papel que habría podido ser atribuido al instinto y que lo sería sin duda en un ser desprovisto de inteligencia”. De un lado instinto real, del otro instinto virtual, dice M Bergson para diferenciar la condición del insecto operante y la del hombre mitologizante.

Desde este punto de vista, podrían definirse las costumbres de los mantídeos como un mito en acto: el tema de la hembra demoníaca devorando al hombre que ha seducido con sus caricias. Fantasma para el hombre, idea fija de delirio o motivo legendario, esta situación es para el insecto la forma misma de su destino.

R. Caillois, El mito y el hombre. Ed. Sur (1939)

*Éste carácter de la fiesta y del rito ha sido, desde hace tiempo, reconocido. Freud no hace sino reiterar una definición clásica cuando escribe: “Una fiesta es un exceso permitido, hasta ordenado, una violación solemne de una prohibición. No es porque se encuentren, en virtud de una prescripción, placenteramente dispuestos, por lo que los hombres cometen excesos: el exceso forma parte de la naturaleza misma de la fiesta.” Tótem y tabú. Actualmente, todos los movimientos que manifiestan caracteres mitológicos presentan una hipertrofia de esta función de fiesta o de rito: tales v.g., el movimiento hitleriano y el Klu-Klux-Klan, en que los ritos de castigo están claramente destinados a dar a los miembros “esa embriaguez breve que un hombre inferior no puede disimular cuando se siente por unos instantes poseedor de poderío y creador de miedo” cf. J.M. Mecklin, Le Klu-Klux-Klan. Por otra parte, está fuera de duda que la representación de un “invisible imperio que lo ve y oye todo” que ha servido de base a la acción y a la difusión del Klu-Klux-Klan, es netamente mitológico.

http://www.youtube.com/watch?v=A2U2kAapYvs&list=FLDrl9N6tjoY6Ra9hxabaDsg&index=2&feature=plpp_video

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